El plan imperfecto
Domingo, día familiar. Mi hijo mayor, emocionado e ilusionado, me pide ir a un descampado a hacer volar su avión teledirigido. Sin pensármelo mucho, acepto.

Una vez allí, mi hijo se pone a los mandos, y tras varios intentos para conseguir que alce el vuelo, casi lo pierde. Así que decido intentarlo yo. Pero, para mi sorpresa, no lo hice mejor. Precipité el avión contra un árbol, con la mala suerte de que se quedó dentro de su copa. Y no en un árbol cualquiera, sino en el más alto de todo el pueblo.

Mala suerte. Mi hijo, al ver el acontecimiento, empezó a llorar. Sabía que era imposible de recuperar. Viendo su desconsuelo, traté de tranquilizarlo con una afirmación que ni yo mismo creía:

“Tranquilo, lo conseguiremos bajar”.

Lo dije con tanta seguridad que él me creyó. Pensó que teníamos un plan, e inmediatamente, dejó de llorar. Pero la realidad, es que no tenía ni idea de qué hacer. Aquel árbol era enorme, debería tener 12 o 15 metros de altura, como mínimo. ¿Cómo lo haríamos?

Nos quedaba solo una hora de luz, no me quedaba otra que trazar un plan para conseguirlo. Así que fuimos a casa, dejamos a mi hijo pequeño, y cogimos unos palos de escoba y un rollo de esparadrapo. Era un plan imperfecto, pero con eso teníamos que recuperar el avión.

Una vez en el descampado, cogimos ramas y cañas, y junto con los palos de escoba y el esparadrapo, conseguimos construir un palo de casi 8 metros de largo. ¿Sería suficiente?

No, no llegábamos al avión. Es más, ni nos acercábamos. Empezaba a anochecer, y mi plan ya no me parecía consistente. Era el momento de concienciar a mi hijo de la situación: 

“Álex, no sé si podremos, es complicado, se hace de noche y con esto no llegamos ni a las primeras ramas”.

A lo que él me contestó:

«Papá, somos un equipo y lo conseguiremos». 

Me quedé estupefacto ante su contestación. Él me miraba, confiado en nuestro plan, en nosotros, en mí. Confiado en recuperar su apreciado avión.

¡Qué presión! Me iba a convertir, inevitablemente, en un trol entre Superman y macGyver. 

En su afán de ayudar y de «ser equipo», Álex  se fue a buscar más palos y encontró una escoba abandonada en el descampado. Decidimos unirla, la até en la parte superior y, seguido, otra caña encima. Aquello era tan alto como un árbol, y no logré entender ni cómo se aguantaba.

Pero la situación se complicaba. Oscureció, y era imposible ver el avión a tanta altura.

«Álex, mañana vendremos con luz y lo sacaremos»

– le razoné.

«No, papá. Tienes el palo más largo, somos un equipo, lo conseguiremos».

– contestó.

Volví a tragar saliva, mientras me preguntaba de dónde habría sacado lo del equipo. Ante su seguridad, no me quedaba otra que seguir intentándolo. Yo ya no confiaba en el plan, por lo menos no como él. Pero no tenía más opción que seguir intentándolo.

Me subí a una rama del árbol con la intención de recortar distancias con el avión. Pero ya no era joven, estaba cansado, y sin darme cuenta me corté todo el brazo con una rama. Estaba ensangrentado, cansado y sin esperanzas. Pero mi hijo, desde abajo, seguía dándome instrucciones sobre dónde estaba el avión, más optimista y confiado que nunca. ¿Qué opción tenía?

Sin ver absolutamente nada, introducía el palo dentro de la copa del árbol, y lo movía con la esperanza de dar con el avión. Pero nada. 

De repente, empezó a llover. Desesperanzado, de repente escuché como mi hijo gritó:

«¡Venga, equipo!»

Me lo quedé mirando treinta segundos desde la rama del árbol. 

«¡Ya falta menos!»

– decía

En aquel momento, se paró el tiempo. De repente, me sentí reflejado en él y retrocedí 33 años atrás. Sabía que no tenía otra opción. Si él creía en mí, si él creía que lo podíamos conseguir, yo también debía hacerlo. 

Así que más confiado que nunca, ascendí como pude medio metro más, y empecé a mover el palo como si mi vida fuera en ello, lo zarandeé con más fuerza que nunca, hasta que escuché el avión caer.

«¡Muy bien papá! ¡Lo hemos conseguido!»

gritó Alex, emocionado.

Él no paraba de saltar, feliz por nuestro triunfo. Con su avión azul entre sus manos, le brillaban los ojos de la emoción. No sólo por haberlo recuperado, sino por haber participado en equipo en diseñar y ejecutar un plan con éxito.

Y siendo sincero, el éxito de nuestro plan no fue gracias a mí, sino a él, a su fe, a su perseverancia y a la escoba abandonada que él encontró. Esa noche de domingo mi hijo se convirtió en el líder de nuestro plan improvisado e imperfecto.

Ya en casa, en la cama, le pregunté si había dudado en algún momento de que podríamos recuperar el avión. 

«¡Muy bien papá! ¡Lo hemos conseguido!» – gritó Alex,

“No, papá. Tú me dijiste que lo bajaríamos y yo confío en ti. Somos un gran equipo”

me dijo, convencido.

Alex confiaba en mi, cuando ni yo mismo lo hacía.

Uno de nuestras obligaciones como padres es tratar de educar, con la teoría y con la práctica. Nuestro ejemplo es, sin lugar a dudas, lo mejor que les podemos ofrecer, la mejor enseñanza que pueda existir.

Un padre es el mejor maestro. Aunque, en este caso, la lección me la llevé yo.

Alex me recordó  que nunca hay que perder la ilusión, la locura, la fe, la confianza y la inocencia. Por desgracia, con la edad, nuestra parte más racional va quitándole espacio a la magia que nos invade de pequeños, a la inocencia, a creer que todo es posible. 

Pero, si lo pensamos bien, esa magia es igual o más necesaria a medida que nos hacemos mayores. Y es la misma que nos permite emprender, crear grandes empresas, equipos y buenos liderazgos. 

Todos, desde pequeños, emprendemos en la vida cotidiana. En pequeñas y grandes acciones. Y no hay mejor emprendedor adulto que aquel que se educa y se forma con los valores del coraje y la confianza, donde los límites solo te lo marcas tú. 

Aquel avión atrapado consiguió volver a volar en libertad gracias a la fe, confianza y coraje de un niño de 6 años. 

Aquel plan imperfecto resultó ser nuestro gran éxito.

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